sábado, 20 de octubre de 2012

Rosas del Olvido


RAÍCES DE UN PUEBLO 


El ruido tras el lente figura las imágenes de un recuerdo. La calle 20 y al otro lado, la 19, son en si mismas las arterias de un testimonio que se ha venido desdibujando con el paso del futuro. Estos muros construidos con el romanticismo antiguo de la tapia y el bahareque albergaron por largo tiempo a las carmelitas descalzas, quienes motivadas por su amor y fervor religioso decidieron, en su momento, dedicar su vida a una contemplación enclaustrada donde el estado reinante era el opuesto al que transitaba en estas calles, cada vez más ruidosas.

Este viejo símbolo del convento ha decaído para dar paso a un proyecto que albergará alrededor de 200 apartamentos cuyo precio supera el promedio de la realidad económica local, apartamentos que  probablemente habitaran ciudadanos no cejeños que ven en nuestro municipio un patio donde descargar  sus angustias de ciudad.

Quizá para algunos, esta construcción que ya se ha ido al piso era una representación del patrimonio histórico del pueblo, para otros tan sólo era un punto de referencia en el cual indicar al chófer del bus donde bajarse y para otro puñado  - un lugar que sólo existía un día al año- un lugar de peregrinaje que motivaba sus pasos todos los jueves santos. Pero más allá de todo esto, este lugar, con arquitectura entre colonial y republicana, era un símbolo que reposaba en la memoria de los pobladores.



Con la demolición de estos muros desaparece el objeto, se destruye el símbolo y se olvida la memoria. De esta manera, seguimos cayendo en la lógica del poder, donde no se tiene en cuenta la historia y nuestra comunidad sigue siendo un pueblo sin memoria, donde se destruye lo que ya estaba edificado para volver a construir, tachamos para reescribir, y lo hacemos sin mirar atrás, sin tener inclemencia por el pasado, sin reconocer los errores que antes nos condenaron; ya no contamos con el cortijo, ya ha desaparecido la tienda de Camilito, ya no podemos refrescarnos en la cristalina, ya nos tumbaron el convento; la imagen de la demolición se ha vuelto ya común en nuestro paisaje, ¿vamos a derribarlo todo para reconstruir en sus cimientos?



Así las cosas, no es loco pensar que el lugar donde nació Gregorio Gutiérrez Gonzales, lugar que aparece en el escudo de nuestro municipio se convierta en un futuro muy cercano en un hotel de “alcurnia.” Estamos ante el nacimiento de un nuevo pueblo que necesita de las ruinas del anterior para poder reconstruirse. No hemos podido superar el modelo de la conquista, y si falta opresor nosotros mismos lo creamos bajo el nombre de dinero, consumismo, modernismo, “desarrollo”. Dónde quedan las políticas de estado, dónde queda La Ceja para los cejeños, dónde quedan las medidas de protección del patrimonio, dónde quedamos nosotros, dónde queda nuestro pacto simbólico con lo que somos, con lo que fuimos, con lo que soñamos ser.

Seguimos condenados a ser un pueblo sin historia, sin raíces, sin futuro, lleno de ruinas sin recoger, de raíces arrancadas sin dejar florecer, de memorias que han pasado inadvertidas en el tiempo, de existencias condenadas al olvido; queda muy poco de lo que fuimos, ¿quedará algo de lo que somos? 

¿Alguna vez se ha puesto a pensar qué dejará o cómo dejará usted este espacio geográfico que ha habitado en su paso por esta tierra?



Nuestro desarrollo se tiñe de ambición, con nombres y apellidos propios en un deseo jerárquico que se aferra y sigue embelesado por la codicia de acumular, borrando ante nuestros ojos los lugares por donde corrimos, jugamos, crecimos y muchos más antes que nosotros. El desarrollo es un gran elefante blanco (en algunas ocasiones tallado en mármol) que nos pisotea y nos atropella,  descontrolado y en embestida contra todo lo que somos, y aunque una sola abeja no puede hacer mayor cosa, un gran enjambre si puede hacer, por lo menos, que se desvíe.



 Es necesario un nuevo paradigma, no sólo de desarrollo de la infraestructura, sino de desarrollo humano, en donde la libertad y la felicidad primen en una lógica del ser más que del tener, un desarrollo que no desconozca el patrimonio arquitectónico e identitario de un pueblo que se teje entre sus raíces y sus acciones. Por ahora, sólo nos queda esta imagen, el recuerdo de un horizonte cubierto por ladrillos y cemento, que muy seguramente contribuirá a taparnos nuestras hermosas montañas.

Del mismo modo, este nuevo paradigma tiene que converger en el imaginario humano: es necesario una sociedad apropiada de su espacio, doliente de sus enseres, que se reconozca y que esté comprometida. No es cuestión única del estado salvaguardar, proteger y cuidar de estos lugares patrimoniales, no es problema  único de planeación dar o no los permisos para tumbar y construir;  es cosa de todos involúcranos  en este proceso ya iniciado de ciudad, es cosa de todos participar en la construcción de la cuidad que queremos y soñamos. 


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