Trasbordo Literario.
En la estación todo está dispuesto, una niña, una loca, una mística, una maestra, una imaginadora, una sacerdotisa de culturas ignoradas. Todas esperan el vagón de un tren, que las llevaran en un viaje al que pocos se atreven a vivir pero al cual todos están invitados. Sus palabras son los rieles de paisajes sin límites al infinito y reúnen todas las personalidades de la estación y muchas más en un solo nombre: MARGARA LÓPEZ.
Margara nos expresa de manera fantástica su experiencia de escritura, un viaje que va mas allá de la tinta y el papel, y como lo diría ella parafraseando a Asunción Silva, una transfiguración de la palabra, una conexión profunda con el cosmos, dotada de una armonía de instrumentos celestiales, astros que se deslizan por sus cabellos y le brindan una extrapolación de su cuerpo, la emergen en una barca metafísica donde la palabra es el puente entre lo físico y un más allá ubicado en un mundo imaginario que viaja a través del viento y juega con susurros a ser niño. Sus palabras resuenan en nuestros oídos, atentos a la máxima expresión del amor; pero no el amor lineal de pareja o de madre a hijo, sino un amor mucho más profundo que abarca la raza humana y el universo mismo. Nos recita en distintos dialectos e idiomas al final de una tarde donde alzando su mirada hacia el cielo, sin ánimo de encontrar nada, nos hace participes de su vida que en un ocho literario llega siempre a la experiencia mística y espiritual de su escritura. Estar junto a Margara y recorrer a través de su voz su alma, es tomar un trasbordo que penetra desde lo subterráneo de la conciencia hasta lo metafísico de la ciencia, y da luz a un exterior incomprensible para las corbatas y formalismos.
Margara la maga, nos confiesa que su apego a La Ceja es esa atracción magnética que carga consigo nuestro pueblo, ese calor humano que cobija a sus habitantes, esas hermosas montañas confidentes que rodean la vida cotidiana. Cuando nos habla sobre su proceso de escritura referencia inmediatamente la palabra “viaje”. Un camino que inició cuando aún era una adolescente, en el colegio el Carmelo de Medellín y bajo el yugo protector e inspirada por su padre y de versos como los de Juan Ramón Jiménez cuando declama: “los gorriones bajaron a beberse el cielo en el agua del brocal del pozo”.
Su vida es una apuesta perpetua a la vida en la literatura, a las figuras literarias de las que no puede más que disfrutar el deleite de viajar, es una invitación en pasión desbordada a ese mundo mágico donde cada uno escoge y dibuja su entorno. Es una invitación a tomar la “embriaguez de la realidad” como punto de partida y a dejarse llevar por ese infinito con que cuenta la imaginación.


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